LA FRONTERA DEL MIEDO

La guerra del Golfo ha terminado. Los soldados implicados en el conflicto han vuelto a sus cuarteles desde hace tiempo. Pero para muchos, entre los que me encuentro, esta guerra ha puesto de manifiesto fenómenos que no han acabado con ella: traumatismos, heridas simbólicas y enfermedades congénitas incurables. La vida continúa, por supuesto, y te sorprendes cantando con la primavera, poniéndote una flor en el pelo, probando un nuevo carmín. La vida discurre aparentemente como antaño, si no fuera porque, a veces, en un país que nos es poco familiar, a la vuelta de un sueño matinal en un lecho extraño, se produce una ruptura, y sentimientos e ideas venidos de lejos rompen en tu conciencia con la invasión aterradora de lo reprimido. Entonces te das cuenta, por la torpeza con que enderezas la barca del tiempo para acostar en la orilla de la realidad, que en alguna parte has sido tatuado con un miedo sin nombre. Una incisión que tiene la levedad engañosa de una huella tanto más indeleble cuanto que está enterrada en esa zona de sombra donde el terror sigue teniendo el gusto de la infancia.
La primera vez que esta clase de incidente se produce, no hablas de ello, ni siquiera a los íntimos. Tratas de olvidar. Bebes el café a sorbos, despacio, con esa cultivada sensualidad de la que solo son capaces los seres con un destino frágil, que desarrollan una especie de aprensión a los sueños, sobre todo a aquellos que se borran con demasiada rapidez. Tocas el lecho extranjero como para reconciliarte con él, vas hacia la ventana y tratas de poseer la ciudad extranjera escrutando la calle. Sin embargo, poco a poco, constatas que, para evitar lo extraño, viajas cada vez menos y que se te hace cada vez más difícil recordar los sueños. Tomas este estado de cosas como si se tratara de calma y reposo, hasta el próximo incidente, en que tu propia cama se convierte en territorio extranjero.
El grito más desesperado contra la guerra fue el de las mujeres, en general, y el de las mujeres árabes, en particular. Un detalle que pasó desapercibido y que, sin embargo, constituye una ruptura histórica, es que, durante el conflicto, las mujeres, con velo o sin él, tomaron iniciativas de paz sin esperar, como quiere la tradición, la luz verde de los líderes políticos, indefectiblemente masculinos. En Túnez, Rabat y Argel, las mujeres gritaron su miedo más alto que los demás y fueron, a menudo, las primeras en improvisar los sit-in y las manifestaciones que los hombres no podían decidir, sino tras interminables negociaciones y regateos entre poderes y mini poderes. Cuando participé en Rabat en decenas de reuniones, que convocaban espontáneamente a intelectuales de todas las tendencias, para tomar postura contra la guerra, me sorprendía enormemente escuchar, cuando se sugería que fuéramos en delegación a entregar un comunicado de tres o cuatro párrafos en una embajada extranjera o lo dirigiéramos a un jefe de Estado, las increíbles ramificaciones jurídicas, diplomáticas y estratégicas de lo que me parecía un gesto más bien simple. Ramificaciones que a mí no se me hubieran ocurrido, pues el hecho de estar excluida del poder da a la mujer una increíble libertad de pensamiento, desgraciadamente acompañada de una insoportable fragilidad.
¿Por qué las mujeres árabes, habitualmente silenciosas y obedientes, gritaron tan alto su miedo durante la noche interminable que fueron los días de guerra? ¿Comprendieron acaso intuitivamente, ellas a quienes la ley designa oficialmente como inferiores, que aquella violencia, presentada como legítima con la bendición de la más alta instancia que defiende los derechos de la persona —la onu, en este caso—, desencadenaría dentro del mundo árabe otras violencias y legitimaría otros crímenes?
¿Gritaron porque sintieron, como los corderos del Aíd el-Kebir* (la fiesta del Sacrificio), que aquella violencia administrada por los sacerdotes de la democracia y de los Derechos Humanos, los jefes de Estado occidentales y los altos funcionarios de la onu, auguraba la era de otros rituales más arcaicos y devastadores desde el momento en que se reivindicarían de otros registros y se referirían a otras ceremonias?
Ya es de por sí precario el destino de la mujer en una sociedad árabe que vive en paz.
Vacilante es ese mismo destino en una sociedad árabe que ha sido pasada a sangre y fuego por fuerzas extranjeras.
Horrendas las perspectivas del destino de una mujer en una sociedad árabe pasada a sangre y fuego, en nombre del derecho internacional y con la legitimación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, por esos mismos Estados occidentales que reivindican el liderazgo ético, forzando a las demás naciones a ratificar como universal un modelo democrático cuyo aporte revolucionario fundamental es, precisamente, despojar la violencia de toda pretensión de legitimidad. ¿Era esta guerra inevitable? Esa es la pregunta.
¿Por qué la promesa de la democracia amenaza tanto las jerarquías, por qué desestabiliza los regímenes en África y en Asia, por qué moviliza en torno a la llamada a la autenticidad a quienes detentan el poder, sino porque afecta al corazón mismo de lo que constituye la tradición: la posibilidad de adornar la violencia con el manto de lo sagrado? Occidente empezó a tener credibilidad para el liderazgo de las naciones que había traumatizado con el terror colonial el día en que prometió condenar como ilegítima cualquier violencia contra el ser humano. El modelo democrático representa la ruptura con la miserable historia universal —de matanzas y pogromos internos o entre Estados— porque transforma en negativo el término que, en los siglos de tinieblas, ligaba la violencia, por una parte, y su legitimación, por otra.
Nunca los occidentales, inscritos en el recuerdo del Tercer mundo por su pasado de colonizadores brutales, habían conseguido mostrarse creíbles en cuanto portadores de algo bueno para las otras culturas, especialmente del credo democrático, como en el momento de la caída del muro de Berlín. Con la ayuda de los medios de comunicación de masas, este acontecimiento —y la serie de caídas de déspotas que siguieron: la trágica y ubuesca* derrota de Ceaucescu, en particular, y, sumándose a aquella, el abortado golpe de Estado de Moscú— insufló en lo más profundo de las medinas árabes un soplo de esperanza ancestralmente reprimido. Un pescadero que me dejó plantada en la medina de Rabat con un kilo de merluza en la mano, y se fue corriendo al puesto vecino, que tenía televisión, en el momento en que el presentador anunciaba que habían atrapado a Ceaucescu y Helena, cuando le hice notar, tras diez minutos de espera, mi impaciencia por haber sido abandonada de aquella manera, me replicó algo que sugiere lo que representó aquel momento para las masas: «Tenía que elegir entre servirla a usted, lo que me habría supuesto cuarenta dirhams [unas quinientas cincuenta pesetas] o escuchar por dónde se andan los rumanos, es decir, presenciar el apocalipsis (al-fana’). Reconozca que no se puede comparar. ¡Cuarenta dirhams o el apocalipsis! ¿A quién se le ocurriría elegir los cuarenta dirhams? Yo soy analfabeto, señora, pero puedo darme cuenta, como usted, que probablemente está forrada de títulos, que la historia está cambiando de dirección».
La caída del muro de Berlín y el hundimiento en cadena de hombres, instituciones y símbolos de los despotismos de Europa del Este se vivieron como acontecimientos de alcance universal, a pesar del hecho de estar geográfica y étnicamente localizados. Bien es cierto que únicamente los europeos, y más exactamente los alemanes, estuvieron implicados en primer término, como actores directos. A ellos era a quienes veíamos subir al Muro, cantar su fin, despedazarlo y adornarse con sus piedras como si fueran joyas y reliquias de las fronteras que han de abatirse, y de los telones (hiyab) que han de pulverizarse. Si un niño se entretiene en traducir «telón de acero» al árabe, dará con la palabra hiyab y optará espontáneamente por al-hiyab al-hadidi. Y tendrá razón, pues la traducción de cualquier cortina que corta el espacio para impedir la circulación es, sin duda, hiyab1.
La gente sencilla, los artesanos de las medinas magrebíes y los campesinos de las montañas del Atlas se identificaron sin dificultad con aquellos jóvenes rubios, de ambos sexos, que se besaban, cantaban y destruían el Muro, ebrios de libertad y deseos de terminar con el autoritarismo. La caída del hiyab de Berlín hizo brillar en las medinas una palabra nueva tan sulfurosa como todas las bombas atómicas reunidas: shafafiyya (transparencia). Los árabes de ambos sexos, que están excluidos del poder y llevan una vida cotidiana tanto más mutilada cuanto que la arbitrariedad política que la modela es ineficaz, de repente se interesaron por aquellos pueblos del Norte que gritaban por las calles en nombre de la libertad y la justicia. De Alemania sabían solamente que era un país rico, en donde la prosperidad del marco empujaba a la gente a atiborrarse de placeres más que a sumirse en la meditación y la conmiseración por la suerte de los más pobres, y he aquí que se mostraban animados de ese sentimiento tan familiar, tan visceral, tan fundamental, de justicia y libertad, que creíamos patrimonio únicamente de los excluidos. «¡Alá!, los alemanes sienten como nosotros. ¡Quieren a sus hermanos más pobres y los liberan!», no cesaba de exclamar Alí, un vendedor de Suq as-Sebat2. Se había comprado una televisión en blanco y negro para la tienda tres días después de la caída del Muro: «Sólo para ver el mundo, ustada (profesora), sólo para verlo.» Occidente, que creíamos anestesiado por el lujo y el libertinaje, se abría a emociones olvidadas desde la oleada de tinte humanista de 1968. Una Europa inesperada saltaba a las pantallas de televisión árabes: «Kafires (infieles) y humanistas, ¡Alá es grande!», murmuraba Alí, con un ojo en las babuchas y el otro en la pantalla.
En plena agitación por el hundimiento del hiyab de Berlín, los europeos aparecían ante las masas árabes, justo antes del bombardeo de Bagdad, como los promotores del credo democrático que proponía la resolución del problema de la violencia y la reducción de su uso. La poderosa oleada de esperanza universal levantada por el canto de libertad de los europeos y la promesa de condenar la violencia fueron bruscamente, brutalmente, burladas por la guerra. Una guerra en la que las desconcertadas masas árabes asistieron, en solo unos meses, como en las malas pasadas de los cuentos de Las mil y una noches, al adormecimiento de aquella humanista juventud europea que cantaba la no violencia y a la aparición en sus televisiones de otra raza que habían olvidado: la de los viejos generales con quepis y medallas, idénticos a los del ejército colonial, que contaban con orgullo las toneladas de bombas que arrojaban sobre Bagdad.
Dos semanas después del inicio de los bombardeos, Alí había vendido la televisión en blanco y negro, y entregado el dinero al Creciente Rojo marroquí para la compra de medicamentos para Iraq: «Yo ya no entiendo nada, ustada. Es un asunto de jefes, pues que lo hubieran arreglado entre jefes. Los zapateros de Bagdad no tienen nada que ver con eso. Pero bombardear a la gente, ¿por qué? ¿Te imaginas si lanzan una bomba sobre Suq as-Sebat? ¡Unos pocos fuegos artificiales harían saltar por los aires toda la medina! Tengo cuarenta y seis años y la última vez que vi el quepis de un general francés tenía diez, estábamos en 1955, en vísperas de la independencia. Pero los americanos, con sus artefactos, ¡es como en las películas! Salvo que, Dios mío, al que apuntan es a nuestro hermano. Tengo pesadillas. Mi mujer me ha prohibido que vea la tele».
La violación es algo inmundo. Pero la violación justo después de hacer brillar ante los ojos de la víctima la esperanza de una nueva era donde la violencia no tendrá razón de existir es un fenómeno que supera en crueldad a todo lo que pudiera ocurrírsele a la mente humana. Precisamente esa ambigüedad de los europeos frente a la violencia —y hablo aquí en términos étnicos, pues la guerra del Golfo ha retrotraído los discursos al nivel más arcaico, el de dos tribus que campan a una y otra orilla del Mediterráneo— es la que ha llevado la confusión y el desconcierto a los espíritus. Nunca sentí a mis colegas del Norte tan anclados en su europeídad, ni a mí tan anclada en mi arabidad, tan arcaicos ambos en nuestra irreductible diferencia, como en mi visita a Alemania y Francia durante la guerra, con el fin de participar en debates que, supuestamente, trataban de iniciar el diálogo, y que no establecían más que nuestra lamentable impotencia para atravesar la frontera.
¿Cómo ver al otro en toda su diferencia sin que esa diferencia amenace y asuste? Porque, mientras asuste la diferencia, la frontera será ley. Nací en un harén y muy pronto comprendí, intuitivamente, que detrás de todas las fronteras se esconde el terror. Y precisamente del miedo es de lo que me gustaría hablaros en este libro, o, más exactamente, de los miedos. De toda clase de miedos. De miedos de todos los colores, que brotan por doquier, dentro y fuera, en Oriente y Occidente, y que, a menudo, gracias a extraños juegos de espejos, se multiplican hasta el infinito. Miedos individuales, pero miedos colectivos también; los primeros conducen al suicidio, que es un asunto personal, pero los segundos llevan directamente a las fitna, violencias tanto más mortíferas cuanto que tienen lugar en la intimidad y el calor del grupo.
En el grupo al que pertenezco, la frontera se erige en ley, se convierte, de este lado del Mediterráneo, en hudud. Y hudud, fronteras firmes y seguras que protegen y se cierran cuando se tiene miedo, a semejanza de aquellas con que nuestros antepasados rodeaban las medinas, la guerra del Golfo nos ha demostrado que no existen; en todo caso, no bajo control árabe. ¿Cómo una mujer árabe puede seguir planteando al grupo su problema, que es el del hiyab, sinónimo de hudud cósmico, y exigir renegociar nuevas fronteras para los sexos, cuando ese grupo se siente débil y desnudo en un mundo en el que las bombas con furia apasionada se abaten sobre Bagdad?
¿Sabíais que Bagdad, cuando fue fundada en el siglo ii de la hégira (s. viii d. C.), se llamó Madinat as-Salam, la ciudad de la paz, con el fin de rememorar en la tierra el recuerdo del paraíso cósmico, el Dar as-Salam del Corán?3 En todo caso, así es como su fundador, Al-Mansur, segundo califa abasí (136-158 de la hégira/754-775 d. C.) la nombró en las monedas, los pesos y las cartas que allí dictó. La quería segura e inatacable, y sus arquitectos la concibieron circular. ¿Sabíais que, antes que ellos, los sabeos, en el sur de Arabia, reservaban el círculo al templo de la siyasa (política)? La idea de frontera, de hudud, estaba muy presente en el paraíso del califa Al-Mansur, no solo porque su principal preocupación era la defensa, sino también porque su ideal de comunidad musulmana bien organizada pasaba por el reconocimiento de las fronteras que separan y controlan las diferencias. Para mayor seguridad, en el año 157 (773), dio la orden de trasladar los mercados fuera del círculo; de esta manera, el populacho sedicioso e ingrato se mantendría a distancia, y, sobre todo, lejos de palacio. Esa era su idea del paraíso en la tierra. ¿Han cambiado las cosas desde entonces, doce siglos después? ¿No es acaso a imagen de Medinat as-Salam el pequeño paraíso que creamos cotidianamente? ¿Quién de entre nosotros es capaz de imaginar una ciudad de la paz sin fronteras, sin separaciones, sin hudud, sin murallas, sin hiyab? ¿Quién de nosotros se pasea con seguridad sin sus fronteras? Y, sin embargo, esta guerra ha probado que las ciudades árabes, al igual que la actual Bagdad, pueden permitirse el lujo de todos sus fantasmas, salvo el de la frontera. Nuestras ciudades carecen de fronteras. Mas, ¿cómo existir sin hudud? ¿De dónde extraer el sentimiento de seguridad en un planeta donde hasta la defensa de la libertad, «freedom», como dice el sr. Bush, puede desencadenar una violencia high-tech, tanto más letal cuanto más fluida? ¿No es casualidad que a una casa insegura se la llame ’awra, desnuda, como a una mujer sin hiyab?4 Las palabras para designar una ciudad o una casa expuesta y sin defensa son las mismas, en nuestra lengua árabe, que las que describen a una mujer sin velo. Las mujeres que van por la calle sin hiyab son vistas como fuera de normas, fuera de las fronteras. Por una parte, se las ve indefensas, porque han abandonado la frontera del haram, el espacio prohibido y protegido, y también porque rebasan territorios que les son ajenos. Otro término que utilizan los imanes en los sermones para explicar los peligros de la promiscuidad que socava la ciudad musulmana es tabarruch, tomado, como ’awra, de la estrategia militar. Provienen de borch, la fortaleza, «así llamada porque es eminentemente visible y muy elevada», precisa el diccionario. El encanto de una mujer que se sabe hermosa, se embellece, se arregla y sale a la calle sin hiyab, contoneando las caderas (takassur, tabajtur), agrede y se califica de tabarruch.5 Circular libremente con el rostro descubierto es exhibirse a la mirada del otro, y el hombre entonces se halla indefenso. A los muhsan, los casados, se los denomina así porque están protegidos contra las tentaciones por el hecho de tener asegurada una mutua satisfacción sexual. Muhsan es un concepto jurídico: interviene en caso de adulterio incrementando la pena.6 Un hombre o una mujer casados están más protegidos que los solteros de la tentación del adulterio. La mujer muhsanna está protegida por las caricias y el placer que le procura su marido, del mismo modo que hisn, la ciudadela, la fortaleza, protege a la ciudad, y la protege no solo de la violencia física de los demás hombres, que la desearían, sino, sobre todo, de las tentaciones que amenazan con empujarla a transgredir los hudud, los límites de Alá. Los hudud sexuales son una señal contra el deseo desenfrenado, como las murallas defienden la medina. Pero esos hudud sexuales tienen otra función igualmente estratégica, y que explica el grito de los imanes contra la promiscuidad: protegen la ciudad contra el individualismo, fuente de toda perturbación. Los hudud graban en la carne el orden cósmico que permite caminar tranquilamente por una ciudad organizada en torno a la preeminencia del grupo, en la que el individualismo y el deseo son cuidadosamente enmascarados tras el hiyab, y mantenidos detrás de las fronteras.
En este contexto es donde debe replantearse la obsesión por el hiyab, para comprender por qué su desaparición angustia tanto. El hiyab es una metáfora de los hudud, las fronteras que separan, ordenan y excluyen a todos los otros, especialmente las que delimitan Dar al-Islam, el territorio del Islam, y lo protegen del resto del mundo. Este final de siglo se asemeja al Apocalipsis: las fronteras y las señales no parece que estén ahí sino para desvanecerse, el interior difiere apenas del exterior. Con veinte años cumplidos, jóvenes célibes, mujeres mutabarriyatas, sobre todo, deambulan por las ciudades con todos sus encantos a la vista, convirtiéndose en fáciles presas, pues carecen de hisn. La trasgresión de la frontera es casi segura: «El hombre fue creado débil (julika al-Insaana da’ifan)», dice el Corán.7 Esa debilidad, comentan los imanes, no es otra que la de shahawat, el deseo, que desde los comienzos se consideró un problema fundamental. ¿Cómo evitar al musulmán desorientado ya por tantos imprevistos, visitante desasosegado de un universo-teatro, que observa como un extranjero, «que ceda bajo el peso del deseo» (an tamiilu maylan ’azim)?8 Las fronteras (hudud), hisn, borch, qasba, simbólicos o de piedra, disuadían a los enemigos. Las ciudades eran apacibles en aquel ideal musulmán. La seguridad era algo imaginable. El musulmán debía permanecer alerta, vigilante y a la defensiva, con un ojo en los hudud que encerraban a las mujeres y con el otro en las fronteras del imperio.
¿Qué sucede cuando ambas barreras ceden al mismo tiempo? El enemigo no se halla sólo en la tierra, ocupa el cielo y las estrellas, y reina sobre el tiempo. Seduce a vuestras mujeres, con o sin velo, por el ventanuco de la televisión. Los nuevos amos no tienen necesidad de bombas sino episódicamente, los Patriot quedan para los grandes ritos puntuales y los sacrificios inevitables. En tiempos normales, nos alimentan con soft: mensajes publicitarios, canciones para adolescentes, información técnica trivial, títulos que hay que conseguir, lenguas y códigos que hay que dominar. Fluida es nuestra servidumbre, anestesiante nuestra humillación...
La Meca, es cierto, sigue siendo el centro del mundo, mas necesita al ejército del aire norteamericano para protegerse. ¿Pero contra qué puede proteger semejante ejército? ¿Contra qué derivas y qué confusiones? ¿Y las mujeres de la ciudad? ¿Qué oraciones formular para impedir qué violencias? ¿Quién tiene miedo, y a qué, en una ciudad sin fronteras? ¿Y en qué nos convertimos las mujeres en una ciudad en que la defensa de los hudud está en manos del extranjero?
¿Cómo y a través de qué gestión concreta de los miedos la cartografía militar se superpone a la cartografía del deseo, y cómo ambas se apoyan y se reflejan para debilitar al hombre árabe, estrechamente vigilado por la agenda electrónica? ¿Quién va a pagar por todas esas fronteras confusas?
Tradicionalmente, las mujeres han sido designadas como las víctimas de los rituales del reequilibrio. En el momento en que la ciudad zozobra en medio del desorden, el califa ordena a las mujeres que se encierren en sus casas. ¿Seremos las mujeres que vivimos en las ciudades musulmanas, y que llevamos la frontera del deseo tatuada en nuestro cuerpo, utilizadas, para asegurar la identidad, en los rituales venideros, por todos los que temen plantear el verdadero problema, el del individualismo y la responsabilidad sexual y política?
En la nueva ciudad árabe de después del Golfo —que puede ser todo, menos Madinat as-Salam—, ¿qué sucederá con las mujeres que dan miedo porque ya han desplazado las fronteras y rechazado las barreras? ¿Cómo imaginar una Bagdad cuya seguridad sea posible a pesar de la desaparición del círculo protector?

Fátima Mernissi, "Introducción", en El miedo a la modernidad. Islam y democracia, ediciones del oriente y del mediterráneo, 2ª ed., 2007, p. 31-44.

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